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Si hubiera sabido.

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Marcela Castro, Ph.D en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales, columnista invitada por Democracia Activa

Septiembre no es un mes agradable. No lo es para la gente de provincia, a la que le cae encima la marea de santiaguinos que, siguiendo una ancestral costumbre, emigran de la capital porque creen que son los únicos que tienen derecho a tener vacaciones. Pero no lo es tampoco históricamente. Septiembre ha sido un mes de golpes de Estado (golpes, en plural), estallidos sociales, problemas…. Septiembre no es un mes tan festivo como queremos creer.

Y desde hace 39 años comenzamos septiembre monotemáticamente. Desde 1974 hablamos del 11 de septiembre de 1973, ya sea para glorificarlo y recordarlo como una gesta, ya sea para cuestionarlo, ya sea para recordarlo con barricadas. 39 años igual. Y llega un momento en que todos nos aburrimos. Todos, en algún momento de agosto, nos prometemos que este año vamos a pasar de largo el 11, sin recordarlo, sin pensar, vivirlo como un día más. Y ha habido años en que ese propósito se ha conseguido, en que mucha gente pasa de largo el 11 y se prepara solo para el 18.

Este año no ha sido de esos. De pronto, incontrolablemente, han salido algunos políticos a pedir “perdón”. Y otros se han negado a hacerlo. Este septiembre, la palabra clave ha sido “perdón” y todos los análisis que se hacen dependiendo de quien diga la palabrita. Camilo Escalona pidió perdón “Por el grano de arena que involuntariamente yo pude haber colocado en la agudización de esas contradicciones”; Hernán Larraín dijo “pido perdón por lo que haya hecho o por omitir lo que debía hacer”; Andrés Chadwick en el 2012 dijo que sentía un “profundo arrepentimiento de haber sido parte de un gobierno, haber sido partidario de un gobierno”. La principal organización gremial de jueces de Chile se disculpa por haber incurrido en acciones y omisiones impropias de su función, al haberse negado, salvo aisladas pero valiosas excepciones que nos honran, a prestar protección a quienes reclamaron una y otra vez su intervención”. La frase para el bronce en todo caso se la lleva Evelyn Matthei, en que dijo “Los sectores no piden perdón, y yo tenía 20 años cuando ocurrió el golpe, no tengo nada de qué pedir perdón. En ese entonces no tenía cómo haber hecho nada más, no tenía ningún cargo público””.

¿Cuál es el valor de esas declaraciones de seudodisculpas y las que se niegan a darlas? Cero. Porque si juntamos esas declaraciones se resumen en dos expresiones: perdón por no haber hecho y “si hubiera sabido”.

¿Si hubieran sabido qué? ¿Si no hubieran hecho qué? ¿Sirve que vengan a disculparse por haber abandonado a Allende y de haberle negado la ayuda que expresamente pidió y no para él, sino para mantener la estabilidad del país? ¿O que se negaran a dialogar cuando el mismo cardenal Silva Henríquez lo pidió? No sé de qué sirve un perdón cuando se conspiró contra un presidente electo desde el minuto que asumió el mando, o que se le boicoteó económicamente, sin importar lo que pasara con la gente. ¿Sirve pedir perdón cuando aceptaron dinero de Estados Unidos para hundir al gobierno de todas las formas posibles?

Pero lo que hace absurdo esta ola de perdones es que se centren en las violaciones de los derechos humanos posteriores al 11 de septiembre de 1973 con el “si hubiera sabido”. ¿Qué les pasa? ¿Qué en Chile solo se violaron derechos humanos desde ese día en adelante? ¿Creen de verdad que todos olvidamos que los derechos humanos se estaban violando sistemáticamente desde antes de 1970? Se violaban los derechos de los campesinos, de los obreros, de los estudiantes y no de manera suave, sino usando todo el aparato represivo posible. Si no hubiera ocurrido el 11 de septiembre de 1973, la fecha emblemática de violación de derechos humanos sería el 9 de marzo de 1969, el día de la Masacre de Puerto Montt. O la masacre de El Salvador, el 11 de marzo de 1966. O la matanza en la Población José María Caro del 19 de noviembre de 1962.

Y aun cuando la memoria falle para hechos pasados, es imposible que no se dimensionara lo que iba a pasar después del asesinato del general René Schneider a manos de dos generales pagados por Estados Unidos, Roberto Viaux y Camilo Valenzuela, apoyados directamente por el almirante José Toribio Merino, algo que se supo entonces, no ahora, sino que en ese mismo momento. No sé, pero ¿no era suficientemente claro de qué iban a ser capaces quienes conspiraban para dar un golpe contra cualquiera que quisiera cambiar el orden socio-económico, si llegaron a secuestrar al Comandante en Jefe del Ejército de Chile?

Y aun cuando se critique a Allende y su gobierno ¿no suena absurdo venir a pedir perdón cuando el golpe no se hizo contra Allende sino contra la gente? Retrocedamos: todas las encuestas daban por ganador a Jorge Alessandri seguido de Radomiro Tomic. Cuando ganó Allende, logrando la primera mayoría relativa, fue un batacazo y al instante comenzó a organizarse el golpe cívico-militar. ¿Qué iba a pasar en septiembre de 1973? Que Allende iba a llamar a un plebiscito acerca de su permanencia en el cargo de Presidente. El anuncio iba a hacerse el 18 de septiembre, el golpe tenía que ser antes, no para impedir que Allende siguiera en el cargo, sino para impedir que la gente votara para que así fuera. Porque aun cuando se diga (por todos los actores de la época) que sabían lo que pensaba la población, que había un “sentimiento” ya sea contra Allende o contra lo que fuera, el hecho es que la clase político-empresarial no tenían idea de lo que pensaba la gente, ni le importaba. No les importa ahora ¿por qué habría de importarles entonces?

Y si desconocemos eso, ¿podemos creernos que durante 17 años los que defendían y trabajaban con placer en la dictadura no vieran lo que estaba pasando, qué moría y desaparecía gente y familias enteras? Es imposible, porque Andrés Chadwick, Patricio Melero y Alberto Cardemil (por nombrar algunos) se dedicaban a denunciar a profesores, compañeros y a cualquiera que estuviera contra la dictadura. Y eso no es mentira, eso está en los documentos de la CNI.

Es increíble que en toda esta ola de seudodisculpas la única voz relativamente “honesta” sea la de Roberto Thieme. En su entrevista al Radio de Cooperativa del 4 de septiembre de 2013, fue el único que ha dicho lo que hizo “actos de sabotaje y acciones militares encuadradas dentro del sector de la Armada de Chile que quería terminar con el Gobierno de Allende”. Cierto que tiene problemas de conceptos sobre lo que es o no terrorismo, pero duele, y mucho, tener que reconocer que Thieme es el menos hipócrita de todos los que han hablado estos días, porque habla de lo que hizo (no de todo, pero al menos de una parte) y no se arrepiente de ello porque ¿de qué se va a arrepentir si sabía muy bien por qué lo estaba haciendo? Como todos en esa época.

Y más increíble es que Thieme sea el que  comprende lo que queremos muchos: no queremos disculpas, no interesan las disculpas, ni menos 40 años después. Queremos la verdad, ya basta de mentiras, ya basta de mitos, y ya basta de versiones.

No va a haber justicia. No sabremos donde están todos los desaparecidos, no vamos a tener una lista definitiva de quienes fueron las víctimas de la dictadura y nunca vamos a poder repararles el daño a ellas ni a sus familias. Eso ya lo sabemos. Pero ya basta de querernos hacer comulgar con ruedas de molino. Si no se va a decir exactamente de qué se disculpan, y qué fue lo que hicieron, lo mejor que pueden hacer quienes fueron actores en ese periodo es callarse y dejarnos al resto reconstruir esa historia como pasó, no como quieren hacernos creer.

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